la delgada línea entre un hamster sucio y una rata limpia

3.1.12

30.9.11

Nueva sucursal

Ahora tengo Tumblr, porque estoy en la pomada: unfititoperonista.tumblr.com

30.8.11

Una postal desde Alemania

Vuelvo al blog –dónde sino– porque recibí una postal de ellos.


3.7.11

Llega el momento

en el que tenés que sacar tus libros de la biblioteca porque llegan nuevas adquisiciones.

1.7.11

Olivia y el fútbol

Cuando Olivia nació, quedaban por jugarse dos fechas del Clausura, por lo que sólo pudimos ver juntos los últimos dos partidos de Boca. En esos dos partidos, Boca metió tres goles: el de Colazo a Banfield y los dos de Cellay a Gimnasia.
De esos tres goles, dos me agarraron en plena labor de limpiar caca. A ver, que se entienda: no sólo cambiar el pañal, sino de limpiar una cagada de proporciones. En dos de los tres goles que metió Boca desde que Olivia nació, no sé si dan una idea de lo que les estoy diciendo.
Primero pensé que coincidía con el gol, pero después terminé de entender: Olivia se caga antes de goles, como anunciándolos.

30.6.11

Ariel

Ariel mide un metro noventa por uno de ancho, es morochón, usa una boina de milico que mete miedo, siempre serio, te clava la mirada. Ariel es uno de los tipos más simpáticos que conozco, si te animás a hablarle claro. Es uno de los empleados de la guardia en el edificio.
El día después de habernos instalado, bajé a comprar unas cosas y ni bien me ve pasar me saluda y me da la mano. Casi me la rompen en cincuentaiocho partes cuando me la estrujó. Le cuento no sé qué cosa. Me dice, casi retándome, que puedo hablar más fuerte. Claro: le estaba susurrando. Los dos primeros días en el departamento, por el pánico de despertar a Olivia, nos la pasábamos hablando en voz bajísima, siempre con la tele sin volumen, caminando despacito para no hacer ruido.
Pero Ariel me mira, se ríe, y me dice: "Podés hablar bien acá, mirá que no hay ningún bebé".

27.6.11

Sobre un libro

Lo compré, si no recuerdo mal, una semana antes del nacimiento de Olivia. Ese martes me quedaban diez páginas para terminarlo.
Durante los dos días que pasamos en la clínica, más de una vez, se me ocurrió terminar de leerlo ahí. Al final no lo hice.
Lo terminé en el departamento, a los poquitos días de habernos instalado. No recuerdo qué día fue. El último párrafo es muy genial.
Algún día se lo mostraré a Olivia y le voy a decir que esa era la novela que estaba leyendo cuando ella nació.

25.6.11

No hace falta comer

A las once de la mañana, me tomé un café y abrí el paquete de Frutigran que había comprado abajo, antes de subir a la oficina. Comí dos o tres, me llamaron, guardé todo y salí corriendo.
A las ocho de la noche, comí un pebete de jamón y queso.
A la tres o cuatro de la tarde, ya del otro día, creo que me comí una hamburguesa.
Nunca tuve hambre.

La noche del 7 de junio

Quedamos al revés. B. en su cama, claro, y yo en sofá cama de la habitación, pero con la cabeza donde van los pies y los pies donde va la cabeza. En el medio, estaba la cuna con Olivia, dormida. Durmió varias horas seguidas desde que la trajeron desde la sala de parto; los médicos nos contaron que es normal que los recién nacidos durmieran mucho las primeras horas. Quedamos al revés, porque de esa manera B. me podía avisar si necesitaba algo, porque con la cuna en el medio era imposible. Establecimos un código: ella se había traído la mantita que le pusieron cuando había nacido, y la tenía en su almohada. Cualquier cosa, para no levantar la voz, ella me la tiraba sobre la cara, desde el medio metro que separaba las dos camas. Al final no hizo falta, porque ante cada ruidito, tos, resoplido, ronquidito o lo que fuera, saltaba de la cama como un resorte y me fijaba que todo estuviera bien. Que fue básicamente así, porque Olivia durmió toda la noche. Estuvo también el temita de la teta, pero eso es otra historia.

20.6.11

Les cuento

Esto no va a ir en orden cronológico. Por ahora vino así, para empezar por algún lado. De ahora en más, seguiremos por cualquier lado, por lo más reciente, o no, o con nada, no sé.

En la sala

Todavía hoy, a dos semanas del parto, B. tiene una cascarita un poco arriba de la muñeca izquierda, por donde le pusieron el suero en la sala de parto. Ella se la mira, se la acaricia, y me dice que se acuerda del nacimiento. De lo que no se acuerda mucho, me dice, es de cuando yo llegué, medio a las corridas, y entré a la sala. Tampoco se acuerda que precisamente la agarré la mano izquierda, cerca de donde le habían puesto la aguja.
Recuerdo que le pregunté si se sentía bien; en esos momentos no gritaba ni nada. La habían sedado un poco, y podía pujar sin dolor. Antes de entrar, había escuchado a la obstetra decir que ya le veía la cabecita. Una hora antes, yo estaba chequeando mails en la oficina. Entré cuando terminaba ese pujo.
En el segundo le ayudé a la partera asistente a levantarle la cabeza a B., para que pudiera pujar con más fuerza. Hizo fuerza, y mucha, porque ahí nomás salió la cabecita, mirando hacia abajo. La obstetra la giró hacia arriba y me dijo que pujara de nuevo, que ya estaba. Y así fue. Salió de un tirón, sin llorar. La pusieron sobre la panza de la mamá.
En eso la miro a la obstetra, la misma que habíamos visto esa mañana, y le digo: cómo andás, tanto tiempo".

El día que Panza pasó a ser Olivia

A las 9 y media de la mañana ya habíamos vuelto de la obstetra. Era martes, y todos los martes de las últimas semanas teníamos la consulta con la médica para ver como seguía el embarazo.
Ese martes contó día por día las semanas de embarazo y nos dijo dos cosas: que justo ese día se cumplían las cuarenta semanas exactas, y que al parecer faltaban varios días para el parto. Nos fuimos, con un nuevo turno para el jueves de esa semana. Dos días después.
A las 9 y media, entonces, hicimos un segundo desayunó y pedí un remís, para que la inminente futura mamá –que ni ella ni nadie lo podía preveer– pasara el día con su prima, encargada de cuidarla. Yo me fui para la oficina, convencido de que faltaban varios días aún. Eso nos habían dicho minutos antes. Antes de que el remís arrancara, le dije a la Panza: "Aguantá un poco, no le hagas a este pobre hombre ser el remisero héroe de Crónica". El tipo se rió.
Me tomé el tren, llegué a la oficina. Primer llamado, de la prima: hay contracciones. Hablo con B. Está tranquila, me dice que probablemente no sea nada, que no me preocupe, que seguro es una falsa alarma. En los siguiente veintes minutos, mientras mando un par de mails, recibo dos llamadas más; la última, con gritos y llantos de fondo, sólo dice dos palabras: Nacho, vení. Voy.
Imposible que un tachero me quisiera llevar a Adrogué. Dos se negaron, hijos de puta. Dudo del tren, agarro la combi. Combi medio llena. En el viaje hablo casi a los gritos sobre contracciones, clínicas, médicos, internaciones. Nadie de todos los pelotudos que viajan al lado me pregunta nada.
En el transcurso del viaje me cambian tres veces el destino final: primero voy para la casa de la prima; después, al consultorio de la obstetra; la última vez me dicen que vaya directo para la clínica. Y cuando estoy por llegar en remís, me dicen que vaya directamente al segundo piso, que ya firmaron la orden de internación.
Entro corriendo a la clínica. Hay cuatro o cinco personas esperando en la recepción. Espero un segundo. La persona que atiende está hablando por teléfono. La miro, me ve como salgo corriendo. Subo los dos pisos en un minuto. Encuentro a la familia; me dicen que espere, que van a presentar a la enfermera. Yo no entiendo bien por qué. La enfermera es ucraniana, o rusa, o checosolovaca. La saludo con un beso. Me hace pasar por una puerta. Veo un estante lleno de ambos de médico. Cambiate, me dice.
No hay una puerta que me separe con la habitación siguiente. Escucho gritos. "Dale que ya veo los pelitos", escucho también. Me saco el traje en un segundo, lo hago un bollo adentro de un locker, me pongo el ambo y entro a la sala de parto.

9.6.11

3.6.11

Acá me dicen que soy un crá

SMS de hermana

Leí recién un poco de tu twitter. Transcribí a mi facebook esto: "Desubicada como idea en el macrismo" y agregué: A veces pienso que mi hermano, futuro padre, es un crack.

2.6.11

otro blogotuit (en realidad no, porque es más largo)

Hace un rato salí de la oficina a comprar las golosinas que #novia me pidió y que en los kioskos de Retiro, cuando pregunté a la mañana, no estaban. Pensá en la cara que me puso el pibe cabeza que atiende en el Open 25 cuando le pedí Snickers. En fin.


Bajé por Diagonal y me avanzó un gringazo preguntándome de dónde salían esos micros del orto que pasean a los turistas. Me agarró con la guardia baja y le indiqué. Bien mi inglés. Ahí por Bolívar, calle horrible, encontré esa golosina cipaya. El Toblerone fue más fácil. Seguí por Bolívar hasta al 600, en busca de una supuesta librería. Estaba la librería. Estaba el libro que quería. Y otro más que no sé bien porqué me lo compré. Hace años que no me compro libros (me pasé años robando libros, por otra parte. #NoMentira).

blogotuit

Estoy almorzando fideos.

30.5.11

Dos semanas, y contando

Se me están pasando los días sin contar nada en el blog. Ya faltan dos semanas, o más, o menos, nadie sabe bien, para que nazca Panza, y acá estamos. Leo un montón de blogs copados que fueron contando todo el embarazo y acá nada. Bueno, en realidad, lo fui contando todo por Twitter, pero es más difícil leer los twits viejos ahora, y tampoco tengo ganas de buscarlos todos y armar algo. Bueno, qué lástima que se lo pierdan (bah, ¿alguien lee este blog? Creo que ya no.)

Lo que sí tenemos son un montón de fotos que no puedo subir. Algunas subiré, pero pocas.

El resto son mías.

16.5.11

Más

También podría contarles de lo mal que nos trataron el día que hicimos la ecografía que finalmente develó el sexo de #panza. El tipo nos tiró la cosa así nomás, se la pasó preguntándonos si habíamos llegado tarde o si la recepcionista se había equivocado con el turno, nos despachó a los cinco minutos y después nos dieron una carpeta de mierda con las hojas cortadas con los dientes, sí, un desastre. Y qué esperábamos, era el único centro de diagnóstico que atendía en Semana Santa.

Eso.